Algunas cuerdas no se oxidan: siguen vibrando en un callejón al anochecer, en los pasillos de una escuela de arte o en la memoria de quienes aprendieron a cantar con un disco antiguo. Son cuerdas que no solo acompañaron melodías, sino que hicieron visible una manera de vivir el Perú.
Entre todas ellas brilló la guitarra de Óscar Avilés, maestro que convirtió cada acorde en identidad. En este artículo recorremos su vida, su legado y los escenarios donde aún resuena su arte. Conocerlo es también descubrir cómo el país sigue cantando, imponiéndose al paso del tiempo.
Óscar Avilés: El alma de la guitarra peruana
Un talento precoz, una vida consagrada
En el Perú, hay nombres que no necesitan presentación. Óscar Avilés es uno de ellos. Nacido en el Callao en 1924, ganó su primer concurso de guitarristas a los 15 años y desde entonces no abandonó nunca el escenario. Su vida fue un viaje de cuerdas y emociones que ayudó a consolidar la música criolla como parte esencial de la identidad peruana.

Aunque autodidacta, su comprensión de la guitarra era profunda. Convertía los silencios en pausas narrativas y los acordes en gestos de conversación. De modo que, no se limitó a acompañar voces, sino que incluso las hizo respirar.
Una guitarra que contaba historias
Avilés fue llamado “La Primera Guitarra del Perú” con justicia. Su estilo transformó la manera de entender el acompañamiento musical dentro del criollismo. La guitarra, en sus manos, era mucho más que un fondo armónico: era una voz que dialogaba.
Para entender la originalidad de su técnica, basta detenerse en algunos elementos esenciales de su forma de tocar:
- Integraba la síncopa afroperuana con una sensibilidad melódica refinada.
- Manejaba los silencios como recursos expresivos que daban espacio a la voz.
- Alternaba acordes complejos con progresiones sencillas que reforzaban la emoción del canto.
Cada rasgueo tenía intención. Cada bordón estaba cargado de historia. Su estilo no imitaba: creaba y manifestaba grandes cuotas de originalidad.
Compañero de los grandes
Avilés acompañó a Jesús Vásquez, Los Morochucos y, sobre todo, a dos leyendas: Arturo “Zambo” Cavero y Chabuca Granda. Con esta última grabó piezas inmortales como José Antonio y La flor de la canela, donde la guitarra no es fondo, sino atmósfera, respiración y compás.

Por otro lado, su capacidad para potenciar sin eclipsar, para sostener sin imponerse, hizo que su acompañamiento se convirtiera en una forma de arte en sí misma. Fue parte activa de una sensibilidad costeña que hoy sigue viva en la memoria musical del país.
Un legado que trasciende el escenario
Pero Avilés no solo tocó para el presente: pensó en el futuro. Fundó escuelas, dirigió agrupaciones y viajó a más de 30 países como embajador de la música peruana. Su intención era clara: formar nuevos intérpretes que amaran lo suyo.
Hoy su legado continúa en iniciativas como Avilés La Escuela, dirigida por su familia, y el programa radial Otra vez Avilés, que rescata grabaciones, anécdotas y pedagogía musical. También ha sido homenajeado con murales, calles que llevan su nombre, y —desde 2024— con el reconocimiento de su obra como Patrimonio Cultural de la Nación.
La música criolla y sus escenarios vivos
Donde la guitarra también camina
La música criolla aún se vive en las calles donde Avilés nació. En la ciudad de Lima, aún persisten barrios y rincones donde la guitarra parece resonar con ecos de este gran músico. Caminar por allí es como recorrer un pentagrama: hay armonía en los balcones, ritmo en los adoquines, melodía en cada esquina.

Barrios Altos, por ejemplo, no es solo un conjunto de casonas antiguas: es el territorio donde se oficializó el Día de la Canción Criolla. Allí, la plazuela Buenos Aires todavía vibra cada octubre con jaranas que parecen resistir al tiempo. El Rímac, por su parte, guarda en la Alameda de los Descalzos las memorias de compositores y cantores que tejieron con versos la identidad limeña.
De lo histórico a lo vivencial
El Centro de Lima también ofrece postales del criollismo en clave patrimonial. Jirones como Moquegua o Quilca alojan museos como la Casa de Rosa Mercedes Ayarza, que preservan partituras, discos y guitarras de época. Pero es en Barranco donde la sensibilidad criolla encuentra su rostro más lírico.
Allí, el Puente de los Suspiros —eternizado por Chabuca Granda— sigue siendo un símbolo de la Lima soñadora. A sus pies, la voz de Chabuca y la guitarra de Avilés aún vibra sobre los adoquines. Por eso, no es casual que muchos recorridos culturales por Lima incluyan este lugar como parada obligatoria.
Un legado que se vive en cada rincón
La música como herencia viva
El legado de Óscar Avilés no hay quedado suspendido en la nostalgia. Hoy se cultiva de forma activa gracias a quienes decidieron prolongar su obra desde el ámbito formativo. Una de esas iniciativas es Avilés La Escuela, dirigida por su familia, donde jóvenes y adultos acceden a una formación artística integral.

Dicho enfoque mantiene viva la esencia del maestro: rigor técnico, amor por lo nuestro y vocación por compartir. En cada clase, se transmite algo más que técnica: se transmite una forma de sentir el país.
Un eco que recorre el país
Pero la huella de Avilés no se limita a las aulas. Su nombre sigue sonando en plazas, teatros y espacios culturales del Perú. Su influencia ha traspasado regiones, conectando generaciones de músicos que encuentran en él una referencia de excelencia y autenticidad.
Para el viajero atento, ese eco aparece donde menos se espera: en una serenata improvisada, en un ensayo de guitarra en una calle empedrada, en la voz de un artista local que entona un vals sin micrófono. No hace falta un escenario solemne para descubrir que la obra de Avilés aún respira en la vida cotidiana del país.
Ecos que no se apagan
Óscar Avilés no solo acompañó con su guitarra a las voces más memorables del criollismo, también dio forma a una manera de sentir el Perú. Su legado no vive únicamente en archivos o grabaciones, sino en los espacios cotidianos, en las escuelas de arte, en los barrios donde aún vibra una guitarra. Entender su obra es abrir una puerta a la identidad cultural de todo un país.
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