En el Chaccu de vicuñas, una línea humana avanza sobre la pampa con sogas en las manos y el cielo abierto sobre los hombros. Desde lejos no parece una captura, sino una coreografía ancestral que refleja respeto y equilibrio con la naturaleza. Este rito sagrado es, al mismo tiempo, técnica de conservación y acto colectivo que ha sobrevivido por generaciones.
En este artículo descubrirás por qué este rito ancestral sigue siendo memoria viva y símbolo de sostenibilidad en los Andes. Si aún no lo has presenciado, quizá sea el momento de acercarte a una de las costumbres más auténticas, donde la comunidad y la naturaleza mantienen un lazo que se renueva cada año.
Un legado milenario: origen del Chaccu de vicuñas
Cuando se habla del Chaccu de vicuñas, es común pensar en una celebración colorida de los Andes peruanos. Pero su raíz se hunde mucho más atrás, en una tradición que antecede incluso al Imperio Inca. Esta práctica surgió como una forma de convivencia respetuosa entre las comunidades altoandinas y uno de sus animales más esquivos: la vicuña.

Lejos de la caza o el dominio, el objetivo era claro: capturar sin matar, obtener su fibra sin romper el vínculo con la tierra. Cuando los incas consolidaron su estructura de poder, adoptaron esta técnica ancestral y la elevaron a una ceremonia sagrada.
El ritual incaico y su estructura simbólica
Durante el Tahuantinsuyo, el chaccu se convirtió en una ceremonia de gran escala, planificada por el Estado incaico y cargada de simbolismo. Era más que un método de recolección: era una coreografía colectiva que expresaba orden, reciprocidad y espiritualidad.
Esta dimensión ritual se evidenciaba en todos los detalles:
- El término “chaccu” proviene del quechua chakuq, que significa cercar o capturar.
- Los participantes formaban extensos cordones humanos, avanzando lentamente por las pampas.
- Sogas decoradas con cintas de colores (chimpos) marcaban los límites del cerco.
- Al grito ceremonial, los comuneros estrechaban el cerco con cantos y gestos coordinados.
- Las vicuñas eran guiadas hacia un corral de piedra, donde se las esquilaba sin causar daño, y luego se las liberaba.
Esta acción conjunta no solo protegía a los animales, sino que reforzaba el tejido social y la relación con la naturaleza. Por otro lado, la fibra recolectada no tenía un uso cualquiera: estaba reservada exclusivamente para la nobleza incaica, como símbolo de poder y pureza.
Persistencia y renacimiento tras la conquista
Con la llegada de los españoles, esta práctica fue ignorada. La caza indiscriminada casi extinguió a la vicuña, y el conocimiento del chaccu quedó relegado a unas pocas comunidades rurales que, en silencio, mantuvieron viva la memoria.

Mucho tiempo después, cuando la especie estuvo al borde del colapso, esta técnica ancestral fue recuperada como una solución moderna. El saber tradicional se transformó en herramienta clave para el manejo sostenible del camélido andino más valioso del mundo.
Así se realiza hoy el Chaccu de vicuñas
El Chaccu de vicuñas no ha quedado como un vestigio ceremonial. Hoy, comunidades andinas de regiones como Ayacucho, Arequipa o Puno continúan organizando esta práctica ancestral con rigor, compromiso colectivo y técnicas respetuosas con el entorno.
Preparación comunal y captura colectiva
Todo comienza semanas antes, cuando las comunidades deciden en asamblea la fecha del evento y designan a los responsables. Además de preparar la logística, realizan ofrendas a la Pachamama, reafirmando el carácter simbólico y sagrado del chaccu.

El día elegido, decenas de personas se extienden por las pampas para formar un cordón humano de varios kilómetros. Unidos por sogas decoradas con cintas de colores, avanzan lentamente, guiando a las vicuñas hacia un corral natural o embudo metálico. Cada tramo es coordinado por guías que cuidan el ritmo del cerco, evitando cualquier alteración del entorno o del comportamiento de los animales. Una vez encerradas, las vicuñas son evaluadas y separadas cuidadosamente.
Esquila selectiva y respeto al animal
La esquila de vicuñas es un procedimiento técnico y cuidadosamente regulado. A diferencia de otras prácticas extractivas, esta se basa en un código de respeto que limita la intervención humana y protege a la especie. Por ello, solo se consideran aptos ciertos ejemplares y se siguen pautas específicas durante todo el proceso:
- Solo se seleccionan vicuñas con fibra de más de 15 cm.
- Se emplean tijeras o máquinas portátiles, según los recursos disponibles.
- La esquila se realiza con precisión, evitando cualquier herida.
- Cada animal produce entre 200 y 300 gramos de fibra cada dos años.
- Tras el corte, las vicuñas son liberadas inmediatamente en su hábitat natural.

Esta dinámica permite recolectar la fibra sin afectar la vida ni el comportamiento de estos camélidos andinos.
Clasificación y beneficio colectivo
Finalizada la esquila, se inicia un registro técnico y meticuloso. La fibra se etiqueta con datos del animal y de la comunidad, se pesa al día siguiente y se documenta bajo la supervisión del CONACS. A partir de estos registros se elaboran actas comunales que certifican el origen legal y sostenible de la fibra.
Los ingresos generados por la venta se redistribuyen entre los miembros de la comunidad, reforzando no solo la economía local, sino también el valor colectivo de esta tradición ancestral.
Turismo vivencial y experiencia compartida
En los últimos años, el chaccu ha despertado el interés de un turismo más consciente. Visitantes nacionales e internacionales se suman a este evento no como espectadores, sino como partícipes de una experiencia cultural única.

En zonas como Pampa Galeras, la jornada se complementa con ferias artesanales, danzas tradicionales y recorridos guiados. Así, el manejo sostenible de la vicuña se convierte en una vivencia transformadora que entrelaza conservación, cultura y participación comunitaria.
Un ciclo que enlaza pasado, futuro y comunidad
El Chaccu de vicuñas sigue siendo una de las expresiones más auténticas del equilibrio andino. Lejos de la violencia o el extractivismo, esta práctica combina organización comunal, respeto por la naturaleza y memoria ancestral. En cada captura sin daño hay un mensaje de continuidad: la vida compartida puede sostenerse sin romperse.
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